Creo que ya está. El blog, digo.
La idea era superar una etapa, y ya terminó. Llevó su tiempo, pero llegó ¡finalmente! al final. Como dije ayer.
Entonces, esto no tiene mucho sentido.
Aunque tal vez no significa que me vaya para siempre. En algún momento podría darme una vuelta por acá y escribir “Día 300: hoy Mica está terriblemente feliz…”.
De todas formas, la historia queda flotando en el aire. Como una botella que se arrojó en el mar, puede ser que alguien la encuentre y lea su contenido. O alargue la mano para buscarla alguna de esas personas que en silencio o no tanto siguieron mi relato diario (sé que están ahí, veo su paso en las estadísticas), que tenga ganas de volver a espiar esta historia que ya fue.
Como sea.
Cae el telón.
Por un instante. Por un largo momento. Por una vida. Por siempre.
Quien sabe.
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La sensación de que la historia está llegando a su fin.
Esta historia.
La que termina para dar comienzo a otra.
Siempre es así. Todo se recicla. Finales y comienzos.
Ya no duele A, es tan sólo un recuerdo que a veces aparece y se instala frente a mí. Cada vez es más difuso, más borroso. Cuesta ahora recordar los colores, los sabores, el sonido de las voces y las risas, las palabras y los besos. Las memorias se van evaporando, y quedan los instantes eternos de alguna fotografía. Pero pronto el viento también se llevará las nubes, ¿y qué quedará? Un nombre, una imagen y una sonrisa sin nostalgia.
No fue dejar de quererte lo difícil. Lo duro fue no querer dejarte.
Hoy se fue mi hermana de vuelta a su vida. Pero, antes, me hizo prometer que íbamos a conversar lo del negocio futuro. Algún proyecto para hacer entre las dos acá. Y, tal vez con mamá también, quien sabe.
“¿De verdad querés volver?, ¿es por el Mago?”, le pregunté.
Se rió y me explicó que no era tan así. Por supuesto que el Mago es algo importante en su vida ahora, pero no es la causa de esa decisión. “Además, él me dijo que si yo no vengo, él se va a vivir a allá…”. Concluyó con una sonrisa enorme.
Bueno, esto es más preocupante de lo que esperaba. Pero me pone feliz por ella. El Mago está resutando mejor de lo que me imaginaba.
Armar un proyecto juntas está bueno. Ella piensa quedarse un par de meses más, hasta que Nito termine el año escolar, y, después, regresar a casa. En ese tiempo, además, tiene planes de empezar algún curso que nos pueda ayudar con el nuevo emprendimiento. ¿Qué es lo que vamos a hacer?, todavía no lo tenemos muy seguro. Pero, por algo se empieza, paso a paso.
Hablamos de Diego, también. Mi hermanita quería saber de nuestros planes, lo que esperábamos.
“La verdad que nada…, no sé”, le dije, “estamos bien, estoy tranquila. Creo en nosotros, eso es todo”.
“Pero con A…, una vez me dijiste que confiabas en él”.
Pensé un rato antes de contestar.
“Sí, es verdad. Yo confiaba en él, y todavía creo que lo hago. Pero el problema era que con él no había nosotros”.
Después que se marchó, volví a casa. Había bastante por hacer, pero no tenía muchas ganas de ordenar, limpiar, lavar ropa… Alimenté a Pichicho, agarré un libro y me tiré en el sillón a leer.
Me interrumpió el llamado de Diego. Ofrecía traer un vino y ravioles caseros.
“¿Estás loco? voy a reventar”, le dije. Pero, de todas maneras, tenía ganas de verlo.
Una cena rápida, una buena despedida…
Mañana él se va.
Pero todo empieza. Y como debe ser. Sin dedos cruzados, ni pociones mágicas, ni conjuros al viento. Simplemente con la seguridad de la nada y la incertidumbre de todo un futuro por delante.






